Mientras Europa restringe su venta a farmacias o mayores de edad, en el país las marcas líderes aumentaron la dosis de cafeína un 60% en los últimos años.
Lo que nació en Japón como un suplemento «medicinal» para la productividad laboral hoy es un fenómeno imparable entre los jóvenes tucumanos. Con 125 millones de latas consumidas al año en el país, las bebidas mal llamadas «energizantes» —la OMS prefiere el término «estimulantes»— esconden riesgos que van desde el insomnio hasta paros cardíacos, bajo una falsa percepción de inocuidad avalada muchas veces por el entorno familiar.
El problema radica en las dosis. Una lata promedio de 473 ml contiene cerca de 160 mg de cafeína y 54 gramos de azúcar. Los especialistas advierten que, mientras en países como España se prohibió su venta a menores de 16 años, en Argentina la regulación es laxa: tras gestiones de las empresas, se permitió elevar el límite de cafeína de 20 mg a 32 mg cada 100 ml, un 60% más de lo permitido originalmente por ANMAT.
La pediatra María Pereyra Gonzales señala un dato alarmante: el consumo comienza a los 11 o 12 años, muchas veces con el aval de los padres que lo ven como un «plus de energía» para las actividades diarias. Sin embargo, los efectos pueden ser devastadores. Además de ansiedad y taquicardia, estudios internacionales vinculan este consumo con lesiones renales agudas, convulsiones y accidentes cerebrovasculares. En la adolescencia tardía, el riesgo se potencia al mezclarlas con alcohol, lo que enmascara el estado real de ebriedad y facilita cuadros de intoxicación severa.
Frente a este escenario, los profesionales de la salud insisten en la necesidad de ofrecer espacios de información segura para los jóvenes y regular de forma efectiva la venta libre de estos productos que, lejos de dar energía, someten al organismo a un estrés extremo.
